Nº 61 mayo 2011 El Divino Pastor

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Sumario

¿Qué hace un enfermo delante del médico?
Oración durante la adoración nocturna en Madrid del Beato Juan Pablo II
El Señor es mi pastor, nada me falta
Bienaventurado Juan Pablo II
En memoria de Juan Pablo II
Un viaje muy deseado
¿Qué quiere decir ser santos?
El dinero de la Iglesia católica y su reparto

¿Qué hace un enfermo delante del médico?

Los jueves desde las 10:00 hasta las 19:00 ininterrumpidamente se expone el Santísimo Sacramento en nuestra parroquia. Además, todos aquellos que deseen participar en los turnos de vela de adoración al Santísimo se pueden apuntar en el Despacho parroquial. A continuación, se exponemos unas meditaciones sobre esta gran oración:

“(…) A veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación intrínseca entre la santa Misa y la adoración del Santísimo Sacramento. Una objeción difundida entonces [tras el Concilio Vaticano II] se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía san Agustín: «Nadie come de esta carne sin antes adorarla […], pecaríamos si no la adoráramos ». En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial. La adoración fuera de la santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica. En efecto, «sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión social contenida en la Eucaristía y que quiere romper las barreras no sólo entre el Señor y nosotros, sino también y sobre todo las barreras que nos separan a los unos de los otros »”.

–          Benedicto XVI, Exhort. ap. postsinodal Sacramentum caritatis , 66

“¡Ah!, y ¿qué haremos, preguntáis algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle y pedirle. ¿Qué hace un pobre en la presencia de un rico? ¿Qué hace un enfermo delante del médico? ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente cristalina?”

-San Alfonso Mª de Ligorio

Oración durante la adoración nocturna en Madrid del Beato Juan Pablo II

¡Señor Jesús! Nos presentamos ante ti, sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos. “Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios”.  Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última Cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres. Aumenta nuestra fe.

Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro “sí” unido al tuyo. Contigo ya podemos decir: “Padre nuestro”. Siguiéndote a ti, “camino, verdad y vida”, queremos penetrar en el aparente “silencio” y “ausencia” de Dios, rasgando la nube del Tabor, para escuchar la voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia; escuchadle”.  Con esta fe hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social.

Tú eres nuestra esperanza, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo. Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives “siempre intercediendo por nosotros”.  Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre.

Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo. Apoyados en esta esperanza, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos, por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta.

Queremos amar como tú, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres. Quisiéramos decir como San Pablo: “Mi vida es Cristo”.  Nuestra vida no tiene sentido sin ti. Queremos aprender a “estar con quien sabemos nos ama”, porque “con tan buen amigo presente, todo se puede sufrir”. En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque, en la oración, “el amor es el que habla”.

Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana.

Creyendo, esperando y amando, te adoramos con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: “Quedaos aquí y velad conmigo”.

Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por esto queremos aprender a adorar admirando tu misterio, amándolo tal como es y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación. El Espíritu Santo, que has infundido en nuestros corazones, nos ayuda a decir esos “gemidos inenarrables”,  que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra. En nuestras noches físicas o morales, si tú estás presente y nos amas y nos hablas, ya nos basta, aunque, muchas veces, no sentiremos la consolación. Aprendiendo este más allá de la adoración, estaremos en tu intimidad o “misterio”; entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el “misterio” de cada hermano y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y social, y construir la historia con este silencio activo y fecundo que nace de la contemplación. Gracias a ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de amar y de servir.

Nos has dado a tu Madre como nuestra, para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta madre. Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera que sabe meditar, adorando y amando tu palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos. Amén.

-Beato Juan Pablo II, papa. 31 de octubre de 1982

 

El Señor es mi pastor, nada me falta

SALMO 23

Salmo de David.

El Señor es mi pastor,

nada me puede faltar.

Él me hace descansar en verdes praderas,

me conduce a las aguas tranquilas

y repara mis fuerzas;

me guía por el recto sendero,

por amor de su Nombre.

Aunque cruce por oscuras quebradas,

no temeré ningún mal,

porque tú estás conmigo:

tu vara y tu bastón me infunden confianza.

Tú preparas ante mí una mesa,

frente a mis enemigos;

unges con óleo mi cabeza

y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu gracia me acompañan

a lo largo de mi vida;

y habitaré en la Casa del Señor,

por muy largo tiempo.

En nombre de los sacerdotes y del Consejo de la parroquia os invitamos a vivir con gozo el día de nuestra fiesta parroquial en honor del Buen Pastor.

Jesús, el Buen Pastor es el que a todos nos invita y nos reúne para alimentar nuestras vidas de sentido y esperanza a pesar de las dificultades de muchos de nuestros hermanos.

Él es la referencia que tenemos para vivir nuestra fe y trasmitirla agradecidos en cada una de nuestras familias.

Muchas gracias a todos los que colaboráis de distinta forma para que esta parroquia sea una comunidad sencilla y acogedora. Os doy las gracias también por todo lo que hemos vivido este año juntos. Os saluda:

– Manuel García Barrio , Párroco del Divino Pastor

Bienaventurado Juan Pablo II

Beato Juan Pablo II, papa

Queridos hermanos y hermanas:

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande toda-vía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato. (…)

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

(…) La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. (…)

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas– estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, María -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: « ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia.

¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos.  Amén.

(Extracto de la homilía de Benedicto XVI en la beatificación de Juan Pablo II el 1 de mayo de 2011, realizada por Javier t. Hernández)

En memoria de Juan Pablo II

El pasado 2 de abril tuvimos, para los más jóvenes, un evento en honor al Papa Juan Pablo II. El día coincidía con el aniversario de su muerte a un mes de su beatificación. Después de una misa de acción de gracias pasamos al salón de actos de nuestra parroquia y dio comienzo el evento. Manu Alburquerque un cuenta-cuentos de profesión, nos amenizó con unos cuentos de los que se sacaban unas moralejas, algunas simpáticas y otras profundas. “Las Cuquis”: Alicia, Nuria, Paula, Sandra, María y  Rocío que participan en la catequesis de post-comunión nos llenaron de admiración con una serie de bailes que llevaban durante un mes preparando. Después tuvimos la presencia de Andrés “The Magic Scout” como lo podríamos llamar,  puesto que nos hizo unos trucos de magia realmente “mágicos”. También nos reímos con Manolo y su ayudante con el número de Machín y sus maracas, las carcajadas eran para grabarse. “The Corchopanes Bhrothers”, nos hicieron reír también un montón. También se oyó algún que otro “que corchoponazo se han dado”. El evento terminó con un gran aperitivo lleno de chuches. Además de los jóvenes que participan en el grupo de post-comunión, estuvieron presentes todos los Scouts de la parroquia: “Grupo Monte Kenia”, además de muchas familias. Los más jóvenes se fueron a casa con una cruz (réplica de la que llevaba el Papa Juan Pablo II en la empuñadura de su báculo) y una galleta en forma de ángel, bueno esta no se la llevaron puesto que estaba tan rica que todos se las comieron.

El 28 de abril tuvimos una vigilia en agradecimiento a Dios por la persona de Juan Pablo II al que todos tenemos algo que agradecer. Consistió en un recital de dos coros; el coro “Gregoriano Matritense” y el coro polifónico “Guido D´Arezzo” que con gran generosidad y pese a sus múltiples responsabilidades quisieron participar. Seguidamente nos dirigió unas palabras sobre Juan Pablo II nuestro obispo auxiliar D. Rafael Zornoza Boy. Además nos explicó la profunda relación del Papa con la juventud. Después rezamos el rosario ante la imagen de Nuestra Señora de Fátima, (bendecida por Juan Pablo II y realizada por Mammede Bianchi Tedhim, hijo del escultor que realizó la imagen de la Capilla de Fátima) que presidía la vigilia. Los misterios que rezamos fueron los Luminosos que son los últimos misterios que integró Juan Pablo II en el rezo del Santo Rosario. Luego, mientras escuchábamos una canción dedicada a Juan Pablo II el día de su atentado y unas palabras del Papa, veneramos una reliquia “indumentis” [de la ropa] de él. Terminamos con unas imágenes resumen de la vida del Papa Juan Pablo II.

Estos dos eventos se realizaron gracias también a la generosidad de varias personas (como las que realizaron el viaje para traer la imagen de la Virgen de Fátima que se encontraba en Sevilla y las que prepararon los detalles de dichos eventos)  a las que agradezco enormemente.

–          Pablo Fernández, Sacerdote

Un viaje muy deseado

La expresión “ir de la mano de Dios” no podría haber definido mejor nuestro viaje a Roma. Tres amigas marchamos el pasado día 30 de abril a la ciudad eterna para ser testigos de un acontecimiento único: la beatificación de Juan Pablo II. Yo nunca había sido contemporánea de un beato y, si Dios quiere, ¡de un santo! Era algo único por muchas razones. Aún recuerdo, como si nos lo hubiera dicho ayer, aquello de “se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo”. Estas palabras de Juan Pablo II en 2004, en el aeródromo de Cuatro Vientos resuenan fuertemente en el corazón de muchos jóvenes que, día a día, tenemos que dar testimonio con nuestra vida. Por eso y, por tantas otras cosas, la beatificación de nuestro Papa era un día de enorme alegría para todos. Él nos regaló las Jornadas Mundiales de la Juventud, nos regaló palabras certeras que se correspondían con nuestro anhelo vital más profundo, nos regaló su presencia constante, nos regaló su trabajo incansable y su ejemplo de oración y amor a Dios. Juan Pablo II ha sido el Papa de nuestros primeros años de juventud. Ha sido muy hermoso estar en Roma con otros jóvenes que, como nosotras, descubrimos la universalidad de la Iglesia en una JMJ. Ha sido muy hermoso acompañar a Benedicto XVI en el que seguro ha sido uno de los días más importantes de su pontificado. Ha sido muy hermoso ver cómo la barca de la Iglesia está sostenida firmemente por un gran Papa como es Benedicto XVI. ¡Roma bullía! Polacos aquí y allá, africanos, italianos, libaneses, alemanes y españoles, muchos españoles. La providencia ha ido llevándonos, procurándonos alojamiento (porque no teníamos donde dormir) y Juan Pablo II hizo incluso que luciera el sol el día que entraba a formar parte del catálogo de beatos de la Iglesia. Así nos lo dijo un obispo italiano “muy majete” que nos acompañó durante la ceremonia de beatificación en el Circo Máximo. ¡Las casi 34 horas sin dormir que pasamos desde que salimos de Madrid merecieron tanto la pena! Se puede decir que son éstas las locuras del amor, las locuras de juventud, las locuras de tres chicas que han querido ir a ver al Papa, a Juan Pablo II. Hacía ya muchos años, querido Juan Pablo II, que no íbamos a tu encuentro y ha sido toda una alegría volver a vernos. Intercede por nosotros ahora que estás más cerquita de “El de arriba” y sigue cuidando de estos corderitos como lo hiciste durante tu pontificado. Gracias beato Juan Pablo II.

–          Angelines Conde

¿Qué quiere decir ser santos?

En las Audiencias de estos últimos dos años, nos han acompañado las figuras de muchos santos: hemos aprendido a conocerlos y a entender que toda la historia de la Iglesia está marcada por estos hombres y mujeres que fueron los faros de muchas generaciones, y lo son para nosotros.

¿Qué quiere decir ser santos? La santidad, la plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en la unión con Cristo. La medida de la santidad la da la altura de la santidad que Cristo alcanza en nosotros, de cómo, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida sobre la suya.

¿Cómo podemos recorrer el camino? ¿Puedo hacerlo con mis fuerzas? Una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo; la acción del Espíritu Santo que nos anima desde nuestro interior es la vida misma de Cristo resucitado, que se nos ha comunicado y nos transforma. La santidad tiene, por tanto, su raíz principal en la gracia bautismal. Pero Dios respeta siempre nuestra libertad y pide que nos dejemos transformar.

Esencial es no dejar nunca un domingo sin un encuentro con Cristo en la Eucaristía. No comenzar ni terminar un día sin un breve contacto con Dios. Y seguir, en las decisiones, las «señales de tráfico» que Dios nos ha comunicado, que son sólo formas de caridad. «Por eso, el amor a Dios y al prójimo es el sello del verdadero discípulo de Cristo» Esta es la verdadera sencillez, grandeza y profundidad de la vida cristiana, del ser santos.

¿Podemos nosotros llegar tan alto? La Iglesia nos invita a recordar a multitud de santos, es decir, a quienes han vivido plenamente la caridad, han sabido amar y seguir a Cristo en su vida cotidiana. Los santos nos dicen que todos podemos recorrer este camino. Ellos nos dicen que la santidad es posible para todos. Y quisiera añadir que, para mí, no sólo los grandes santos que amo y conozco bien son señales en el camino, sino también los santos sencillos, personas buenas que veo en mi vida, que nunca serán canonizados: en su bondad, veo la verdad de la fe. Esta bondad, madurada en la fe de la Iglesia, es la apología segura del cristianismo y la señal de dónde está la verdad.

(Extractado de la Audiencia General de Benedicto XVI, 13 abril de 2011,  por Javier T. Hernández)

El dinero de la Iglesia católica y su reparto

Las actividades litúrgicas y pastorales que debe realizar la Iglesia a favor de los fieles originan unos gastos.

Poco a poco se advierte que los fieles van adquiriendo mayores grados de compromiso con la Iglesia católica. Lo manifiestan colaborando en las actividades parroquiales, mediante aportaciones económicas directas y también marcando la “X” en la casilla correspondiente de la Asignación Tributaria en la Declaración de la Renta.

Tareas de la Iglesia son el anuncio del Evangelio, la celebración de los sacramentos y el servicio de la caridad, por lo cual lleva a cabo multitud de actividades: litúrgicas, pastorales, educativas, culturales, caritativas, asistenciales…

Quizá lo que salta más a la vista es su actividad litúrgica, donde hay que incluir los 335.484 bautismos, 244.469 primeras comuniones, 94.109 confirmaciones, 104.010 bodas y más de cinco millones de eucaristías.

115 obispos, 19.000 sacerdotes, 1.500 religiosos en parroquias, más de setenta mil catequistas, necesitan medios para vivir y unas infraestructuras elementales para llevar a cabo las actividades litúrgicas y pastorales y poder cumplir su misión, como  mandó el Maestro (“Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”), pues la tarea evangelizadora compromete a todos los bautizados.

Realiza también actividades pastorales, tales como el acompañamiento y atención espiritual de los fieles, sobre todo en el medio rural, especialmente a niños, jóvenes, matrimonios, ancianos…Más de 45 millones de horas dedican los sacerdotes, seglares y voluntarios a los servicios sacramentales, la catequesis, la atención a enfermos…

Extractado de “El dinero de la Iglesia católica y su reparto” de  Miguel de Santiago

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